2014-03-24

40 días con los últimos - YEMEN - Índice de Desigualdad de Género (IDG)

Desiguales por ley










YEMEN
Población: 25.252.00 h.
IDH: 0,458 (puesto nº160 de 187)
Indice de Desigualdad de Género: 0,747

Índice de Desigualdad de Género (IDG)

El IDG es un índice compuesto que mide la desventaja de las mujeres respecto a los varones en tres dimensiones del desarrollo humano: salud reproductiva, empoderamiento y mercado laboral. Varía entre cero, cuando a las mujeres les va tan bien como a los hombres, y 1, cuando se muestra el peor desempeño posible en todas las dimensiones que se miden. Los Países Bajos, Suecia, Suiza y Dinamarca encabezan el listado, con IDG entre 0,045 y 0,057. España ocupa el puesto nº 15, con IDG = 0,103.
En el último puestos encontramos a Yemen (0,747), el país del mundo donde las mujeres sufren más desigualdad respecto a los hombres. Una discriminación reflejada incluso en las leyes civiles. 
¡Desiguales por ley!

Tabla del PNUD sobre el Índice de Desigualdad de Género (IDG):
https://data.undp.org/dataset/GII-Gender-Inequality-Index-value/bh77-rzbn
 

Las mujeres yemeníes continúan la revolución por la igualdad
Rebecca Murray (Saná, Yemen). periodismohumano.com
http://periodismohumano.com/mujer/las-mujeres-yemenies-continuan-la-revolucion-por-la-igualdad.html

Mujeres del Yemen luchan contra las leyes discriminatorias
(Rebeca Murray/IPS)
“Nadia está quebrada internamente”, dijo una trabajadora del refugio femenino de Saná. Esta joven de 25 años, originaria de un pueblo montañoso al norte de la capital de Yemen, fue forzada a una “permuta matrimonial” para salvar a su hermano del alto costo de la dote. La negativa de Nadia a mudarse con su nuevo marido tuvo consecuencias devastadoras. Cuando la madre de Nadia descubrió que sus hijos estaban planeando matarla como castigo, ambas fueron expulsadas de la casa. La joven comenzó a trabajar como empleada de un jeque local, pero su situación empeoró cuando la vendió a un obrero yemení en Arabia Saudita. El golpe final fue cuando su nuevo marido la quiso obligar a prostituirse estando embarazada. La joven escapó con su madre hasta que encontró refugio en el albergue secreto de la Unión de Mujeres Yemenitas, donde viven desde entonces.
Esta grave discriminación de género no existió siempre en los papeles. Antes de la unificación de emen en 1990, las mujeres de la costa sur gozaban de más derecho que las del norte montañoso y conservador. Pero tras la guerra civil de 1994, las reformas constitucionales significaron un retroceso. “El norte ganó la guerra, se apropió de todo y el gobierno de Saná nos dijo que nos fuéramos a casa”, relató Khadija Alhirsi, una ingeniera en geología que ahora dirige la Asociación Solidaridad para el Desarrollo.
Fatima Meresse, directora de la Unión de Mujeres Yemenitas de Adén coincidió: “Antes de la unificación fue nuestra mejor época. Había una ley de familia que nos daba derechos. Pero todo cambió en 1994, nos sacaron de la profesión y cambiaron las leyes. Fue un retroceso”.
Una mujer que Meresse insiste en ayudar es Susan Shehab, de 50 años con rostro demacrado que estuvo casada 30 años y fue golpeada durante los últimos 10 por su esposo alcohólico. Shehab llora al recordar el abuso sufrido. Una vez fue a una comisaría con el cuerpo y el rostro gravemente golpeado y le dijeron que se fuera porque su esposo había pagado coima a los oficiales. Además, él la obligó a entregar su parte de la casa y la echó. Ahora ella alquila un apartamento sola y está en juicio por el divorcio y por la propiedad de la vivienda. La Unión de Mujeres Yemenitas le consiguió un abogado.
“Las mujeres y las niñas de Yemen sufren una generalizada discriminación en la legislación y en la práctica”, señala el informe de 2012 de la organización de derechos humanos Amnistía Internacional, con sede en Londres.
La actual Constitución de Yemen marca el tono para un trato desigual entre los géneros, llamándolas “hermanas de los hombres”. Las leyes de Estatus Personal, que marcan las pautas para el matrimonio, el divorcio y la herencia, también son retrógradas. La edad mínima para contraer matrimonio de 15 años fue eliminada en 1999. Actualmente no hay un límite, solo se necesita el consentimiento del tutor; y las relaciones sexuales están permitidas a partir de que la niña llega a la pubertad.
Falta de educación y formación profesionales, complicaciones de salud y violencia doméstica son males que suelen estar asociados con el matrimonio precoz. Las mujeres también deben obedecer a sus esposos en todos los asuntos so pena de perder apoyo económico.
El Código Penal de Yemen también es muy favorable a los hombres que cometen “asesinatos por honor”, como matar a las mujeres acusadas de mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Los hombres que matan mujeres adúlteras reciben un máximo de un año de prisión o una multa.

Para la reflexión, acción y oración
En Yemen y otros países de mayoría musulmana las mujeres sufren discriminación no solo de hecho sino también de derecho. Los cristianos nos indignamos justamente ante ello, expresamos nuestro desacuerdo y nos esforzamos hasta donde podemos por un mundo más igualitario. 
Al mismo tiempo, los católicos, deberíamos mirar humildemente al interior de nuestra Iglesia, donde, en su forma de organización y de gobierno, las mujeres sufren discriminación de hecho y de derecho. ¿No es tiempo de indignarnos entrañablemente por ello, expresar con enorme respeto nuestro desacuerdo y esforzarnos con constante caridad por una Iglesia más igualitaria?

Y dijo Dios «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y creó Dios al ser humano a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó (Gn 1, 26-27)

Dios -Padre, Hijo y Espíritu-,
tú nos has creado a tu imagen: varones y mujeres,
complementarios en nuestras diferencias
e iguales en esencia y dignidad,
pues somos semejanza tuya.
Que vivamos conforme a este misterio de amor
y nos esforcemos en recrearlo
sobre todo donde esa misma dignidad es ignorada.

Desigualdad de género. ¿Por qué?
Giselle Gómez, STJ

Para comprender la razón de la desigualdad de género no se puede prescindir de la teoría de Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C.), conocida como “la polaridad entre los sexos” y su influencia en la elaboración del pensamiento. Desde 1225 las obras de Aristóteles empezaron a ser textos obligatorios en la Universidad de París y muchas otras Universidades Europeas siguieron este ejemplo.
La teoría de “la polaridad entre los sexos” establece que las mujeres y los varones son esencialmente diferentes, y que por naturaleza las mujeres son inferiores a los varones. Fue impuesta por el poder académico, dejando atrás la teoría conocida como “la complementariedad entre los sexos”, que afirmaba que los varones y las mujeres son significativamente diferentes pero ambos son iguales en valor, y que había sido impulsada y defendida por escritoras del siglo XII y parte del XIII, como Hildegarda de Bingen y Herralda de Hohenbourg.
En los primeros tiempos de este debate académico, conocido como la “Querella de las Mujeres”, participaron fundamentalmente los varones. El punto de vista de los varones filósofos establece un doble discurso del hombre sobre el hombre y del hombre sobre la mujer. Se configura de este modo una doble manera de decir, de escribir, de definir, de pensar… una manera que es desigual, y siempre en referencia al varón, ya que es él el que se considera el sujeto que en ocasiones puede ser objeto de estudio, pero siempre manteniendo su identidad de sujeto. La mujer, en cambio, es para ellos solamente objeto del discurso que en muchos casos tiene el fin de legitimar la desigualdad y la inferioridad de la mujer, siempre referida a la superioridad del varón.
El panorama de la Querella de las Mujeres cambia a finales del siglo XIV e inicios del XV con la intervención a nivel académico de una mujer brillante: Christine de Pizan (1364 – 1430). Su voz supone un cuestionamiento profundo para la tradición vigente. Se atreve a hablar en nombre propio y a afirmar su identidad en un contexto cultural y social en el que las mujeres tenían que pasar desapercibidas. Se puede decir que ella anticipa el feminismo.
Christine de Pizan y otras mujeres se enfrentaron con la autoridad de las obras de muchos varones, que sostenían que la mujer era inferior, un hombre defectuoso, como había formulado Aristóteles en De generatione animalium. Ellas se atrevieron a ridiculizar esta comprensión de la mujer y reivindicaron el uso público de la palabra, incluso el de la palabra sagrada. También se dieron cuenta de que lo que los hombres afirmaban con relación a su cuerpo y a su sexualidad, y que justificaba para ellos la necesaria subordinación y sumisión de las mujeres a los varones, no estaba de acuerdo con su propia experiencia. Tuvieron el valor de formular que la subordinación es de carácter social, y no está determinada por la naturaleza del cuerpo de la mujer. En otras palabras, afirmaron que todos los contenidos negativos con que los filósofos definían a la mujer habían sido construidos, y por esta razón podían ser modificados. En este sentido, fueron precursoras del principio de “género”, hoy reconocido en ambientes académicos, políticos y sociales.
La participación de las mujeres en el debate de la Querella fue un gesto revolucionario, porque por primera vez ellas hicieron una defensa pública contra los ataques de los pensadores varones. 
Tuvieron la osadía de hablar como mujeres; no ocultaron su diferencia sexual; hablaron desde la autoridad que les confería su propia experiencia y la de otras mujeres que las precedieron. De esta manera tomaron postura política contra el modelo de relaciones sociales y la desigualdad entre hombres y mujeres entonces vigentes. Muchas de ellas lo hicieron desde su convicción de mujeres creyentes. De alguna manera habían experimentado que en Jesús no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús (Gal 3, 28). Desde nuestra fe en Jesús y a la luz de la realidad, también hoy, mujeres y varones tenemos que seguir tomando postura. No podemos callar.